Por Rafael Rosell Aiquel y Karen Maron*
Rector Universidad del Alba, Politólogo – Periodista, Corresponsal en Medio Oriente y África del Norte. Analista geopolítica
The content provided offers a comprehensive analysis of the situation in Yemen, focusing on the recent military operations and the complex dynamics surrounding the conflict. The article provides valuable insights into the motivations and strategies of the involved parties.
Si ocho años de intensos e indiscriminados bombardeos saudíes no fueron suficientes para que Ansarallá se rindieran, es más que ilusorio pensar que ataques estadounidenses y británicos serán suficientes.
Ansarallá – “Partidarios de Dios” o más conocidos como hutíes por el nombre de su primer líder asesinado, el clérigo Hussein Badreddin al-Houthi- ha prometido que los ataques con aviones no tripulados y misiles contra buques en el Mar Rojo continuarán hasta que se levante el asedio de Gaza o se establezca un alto el fuego.
Idealmente, la administración Biden habría dedicado más tiempo y energía a cumplir cualquiera de estos dos escenarios, no porque los hutíes lo exigieran, sino porque era la forma más pacífica y eficiente de evitar un conflicto más amplio que tiene el potencial de atraer aún más a las tropas estadounidenses en la región.

Sin embargo, Estados Unidos ha optado por la fuerza militar con una operación de bombardeo aún más extensa, después de que los hutíes inevitablemente toman represalias que no cesan. Al tratar de defender el derecho a la navegación, Biden puede haber sacrificado su objetivo político más amplio de evitar una escalada.
La operación militar Guardián de la Prosperidad -formada por una coalición multinacional de 20 países- no ha podido contrarrestar las amenazas de las fuerzas hutíes contra el comercio marítimo internacional, tras semanas de ataques contra buques comerciales y militares.
La ofensiva contra una docena de objetivos hutíes en cuatro ciudades yemeníes fue ejecutada por aviones, buques de superficie y submarinos y tuvo como objetivo degradar la capacidad de los hutíes de ejecutar ataques similares en el futuro.
Pero los que se han convertido en las autoridades de facto de Yemen no hicieron caso a la advertencia y sus embestidas son cada día más complejas: dos destructores militares de Estados Unidos han sido su blanco.
Pero la acción militar era inevitable. Los funcionarios de defensa estadounidenses estaban debatiendo objetivos fijados con semanas de antelación, lo que sugiere que Biden y sus asesores militares entendieron que la coalición marítima multilateral establecida en diciembre, no estaba teniendo el efecto deseado y además, era rechazada por numerosos países aliados condicionados por fuerzas internas y externas. La Casa Blanca claramente sintió que derribar algunos misiles y drones no era un curso de acción sostenible.
Pero la opción militar tampoco es la solución. De hecho, es probable que cree más problemas en este campo de batalla, reconocido por el geógrafo griego Claudio Ptolomeo en sus textos como Eudaimon Arabia o la “Arabia feliz”.
Por ello tenemos que analizar en primera instancia lo que Estados Unidos busca lograr con estos ataques en el país de la Reina de Saba y el lugar donde se desarrolló la civilización sudarábiga: evitar que los hutíes lancen ataques similares en los días y semanas venideros. Esto puede parecer un objetivo bastante simple. Pero en realidad, no es tan sencillo destruir la infraestructura militar del grupo, matar a sus combatientes y demoler su arsenal de misiles. También implica el difícil componente psicológico de cambiar el cálculo de la toma de decisiones de los hutíes. El grupo tiene que llegar al punto en el que sus dirigentes concluyan que los ataques a buques en el Mar Rojo no justifican los costos.
Podría ser necesaria una mayor cantidad de violencia para lograr que reevalúen sus políticas y detengan sus ataques y esto presenta un conjunto completamente nuevo de riesgos para Estados Unidos, aumenta las posibilidades de represalias de los hutíes y con el tiempo, puede convertirse en una escalada más amplia que la administración Biden preferiría evitar.
Además, los hutíes han librado numerosas guerras durante las últimas dos décadas contra el gobierno yemení, así como contra una coalición militar multinacional encabezada por Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, dos de los estados más ricos de Medio Oriente. A pesar de las desventajas en potencia de fuego y recursos financieros, los hutíes han logrado sobrevivir a todos esos conflictos y podría decirse que se encuentran en su posición más fuerte desde que se creó el grupo hace tres décadas.
De guerrilleros tribales a desestabilizadores globales
«Prometo más sorpresas militares y ataques inesperados en el Mar Rojo, el Golfo de Adén y el Mar Arábigo», manifestó el líder hutí, Abdulmalik al-Houthi. «Los ataques aéreos de los enemigos británicos y estadounidenses contra la capital, Saná, no nos afectarán ni a nosotros ni a nuestras capacidades militares» aseguró. Mientras que, por su parte, Hussein Al-Ezzi, viceministro de Relaciones Exteriores del grupo, dijo que sus fuerzas continuarían hundiendo barcos en el Mar Rojo, incluso si eso significara causar un desastre ecológico frente a las costas de Yemen.
De esta manera, Ansarallah está demostrando ser un desafío mayor a la Administración Biden.
Si los comandantes de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y de la Royal Air Force creen que unos bombardeos pueden destruir las capacidades hutíes, se puede catalogar de insuficientes. En primer lugar, los sauditas, los Emiratos Árabes Unidos y otros miembros de una coalición bombardearon intensamente Yemen desde 2015 hasta 2021 y al final de la guerra, los hutíes todavía controlaban el 70 por ciento de la población yemení, de unos 33 millones de habitantes, que viven en aproximadamente en un tercio de la superficie terrestre del país.
Ciertamente han ocultado la mayoría de sus municiones después de haber tenido que operar bajo bombardeos aéreos durante casi una década y los objetivos alcanzados por Estados Unidos y el Reino Unido probablemente sean intrascendentes, al igual que hayan sido incluidos nuevamente en la lista de organizaciones terroristas globales.
Por ello, hay pocas razones que pueda disuadir a los hutíes de cambiar de rumbo en el futuro previsible y ninguna tiene que ver principalmente con la estrategia regional de Irán.
Además, libraron seis guerras contra el gobierno central yemení entre 2004 y 2010, la guerra de guerrillas no es nueva para ellos y hostigar a los barcos frente a sus costas no requiere armas sofisticadas.
A su vez, el bloqueo que acompañó gran parte de la guerra reciente, también ayudó a los hutíes a perfeccionar sus redes de contrabando de armas desde Irán, así como su propia producción.
Por lo tanto, es poco probable que los ataques aéreos por sí solos den un golpe decisivo a su capacidad militar y casi con seguridad aumentarán su apetito por la lucha. De esta manera, por primera vez, pueden enmarcar con más fuerza sus acciones en el contexto de la lucha contra Estados Unidos e Israel.
También ante el aumento de la disidencia, los hutíes han encontrado una «cuasi legitimidad» dentro de la política interna de Yemen. Actualmente controlan gran parte del país, incluida la capital, Saná, que representa alrededor del setenta por ciento de la población que ha sido sometida a años de violencia aguda y estructural por parte de Ansarallá, aunque es importante señalar que la coalición liderada por Arabia Saudita y el gobierno yemení reconocido internacionalmente, también han sido acusados de cometer crímenes de guerra y graves violaciones de derechos humanos, incluido el bombardeo despiadado de civiles e infraestructura civil, mientras muchos miles de personas han muerto por hambre y enfermedades evitables, generando un desastre humanitario desgarrador.
Es por ello que el comportamiento de los hutíes en el poder los ha vuelto impopulares. La disidencia es peligrosa debido al sofisticado sistema de represión y vigilancia vecinal que los hutíes han impuesto en las zonas que controlan. Pero los yemeníes comenzaron a salir a las calles en protesta el año pasado en diferentes ciudades
En un contexto de creciente disidencia interna, sus ataques, le han dado al grupo esta “cuasi legitimidad”, que contiene la oposición interna y por otra parte, los ataques estadounidenses pueden impulsar los esfuerzos de reclutamiento militar de los hutíes, que podría ayudarlos a intentar apoderarse nuevamente de los pozos petroleros controlados por el gobierno en Marib y que el grupo necesita para volverse económicamente sostenible.
Su actual campaña es una jugada política interna y este conflicto es una forma de ganar apoyo nacionalista, porque el apoyo a los palestinos es casi universal en Yemen.
Por otra parte, están aprovechando con sus acciones, la furia de la región ante la guerra de Israel en Gaza y las quejas sobre las políticas de Occidente en general.
Al centrar la defensa de los palestinos en sus acciones, los hutíes han encontrado una manera de desacreditar a sus oponentes internos, Esto hará aún más difícil desalojarlos del poder y probablemente condenará a los yemeníes comunes y corrientes a sufrir más violencia en sus manos.
Los hutíes quieren absolutamente este conflicto. Es parte de su ideología y aunque son parte del denominado Eje de la Resistencia, que concentra a los grupos armados proiraníes de la región con Hezbolá en el Líbano, Hamas en Gaza y las milicias chiítas de Irak, son un movimiento árabe y yemení con sus propias motivaciones. Y aunque Irán les proporcione dinero, armas y entrenamiento militar, los hutíes operan con relativa independencia política. Su objetivo final no es sólo Yemen: son un grupo expansionista con ambiciones regionales con su propia agenda mentalidad e ideología.
Mientras el próximo objetivo de los hutíes podría estar bajo el agua, China y Rusia han permanecido observando atentamente el desplazamiento de las placas tectónicas mundiales

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