Líbano: la guerra que se expande donde no se decide
Por Rafael Rosell Aiquel
En los conflictos contemporáneos, lo más visible suele ser también lo más engañoso. Misiles, sirenas, incursiones y mapas que se llenan de puntos rojos construyen la impresión de una guerra definida por el territorio. Sin embargo, lo que hoy ocurre en el Líbano revela algo más profundo: no estamos ante un conflicto contenido, sino ante una guerra que se expande precisamente porque no se decide en su núcleo estratégico.
Las últimas horas han confirmado una intensificación significativa. Bombardeos israelíes han alcanzado no solo el sur del Líbano, sino también la región de la Békaa, una zona de alto valor estratégico vinculada a la profundidad operativa de Hezbollah. Este desplazamiento del eje de ataque no es menor: implica que el teatro de operaciones ya no es meramente fronterizo, sino estructural.
La respuesta de Hezbollah, por su parte, ha marcado un punto de inflexión. El lanzamiento de cohetes que superan los 200 kilómetros de alcance, alcanzando zonas cercanas a Tel Aviv e incluso activando alarmas en Ashkelon, rompe el patrón de confrontación limitada. Hezbollah deja de ser un actor de contención territorial para convertirse en un vector de disuasión regional con capacidad de proyectar amenaza en profundidad.
En paralelo, Israel parece avanzar hacia una nueva fase: la posibilidad de ocupar aldeas en la primera línea del sur del Líbano. Este movimiento sugiere la búsqueda de una zona tampón que reduzca la presión inmediata sobre su frontera norte. Sin embargo, esta estrategia plantea una pregunta crítica: ¿es esta una solución o simplemente una forma de desplazar el problema sin resolverlo?
La respuesta puede encontrarse en una dimensión menos visible, pero decisiva: la política. Desde fuentes israelíes se ha insinuado que atacar infraestructuras del Estado libanés podría forzar a Beirut a controlar o “someter” a Hezbollah. Esta lógica encierra una paradoja peligrosa. Debilitar al Estado libanés no necesariamente reduce el poder de Hezbollah; por el contrario, puede ampliar el vacío institucional en el que estos actores prosperan.
Pero quizás el elemento más revelador de esta fase del conflicto es lo que no ocurre. Mientras Israel intensifica su presencia en el Líbano, evita un enfrentamiento directo con Irán. Esta asimetría no es casual. En el Líbano, Israel mantiene superioridad operativa; en un conflicto directo con Irán, el equilibrio sería mucho más incierto. Así, la guerra se desplaza hacia el espacio donde es posible actuar, no donde necesariamente se define su desenlace.
Y es precisamente en ese desplazamiento donde reside el riesgo mayor. Porque una guerra que se libra en la periferia, pero cuyo centro permanece intacto, tiende a prolongarse, a expandirse y a complejizarse. El Líbano, una vez más, se convierte en el escenario donde se expresan tensiones que lo exceden, pagando el costo de una confrontación que no controla.
Esta no es solo una guerra entre Israel y Hezbollah. Es la manifestación de un equilibrio regional inestable, donde las decisiones se postergan en el centro y las consecuencias se despliegan en los márgenes.
En ese sentido, la pregunta ya no es quién avanza o quién retrocede en el mapa. La pregunta es otra: ¿cuánto puede expandirse una guerra que evita resolverse donde realmente se decide?


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