Líbano: la guerra que continúa mientras otros negocian
Mientras las grandes potencias anuncian avances hacia un alto al fuego con Irán, una pregunta incómoda emerge con fuerza: ¿qué ocurre con los territorios que no han sido incluidos en ese acuerdo? La respuesta es inquietante, y tiene nombre propio: Líbano.
El reciente entendimiento, según fuentes estadounidenses, no contempla al llamado “eje de resistencia” ni incorpora a Líbano dentro de sus alcances. En apariencia, se trata de un paso hacia la desescalada. En la práctica, sin embargo, podría representar una peligrosa reconfiguración del conflicto.
Porque cuando un acuerdo excluye actores y territorios relevantes, no pone fin a la guerra: simplemente redefine dónde y cómo continuará.
Líbano, una vez más, corre el riesgo de transformarse en escenario de una guerra que no controla. Su fragilidad institucional, sumada a la presencia de actores armados no estatales como Hezbollah, lo convierte en un espacio particularmente vulnerable. Si el conflicto directo entre Estados se enfría, la presión puede desplazarse hacia estos escenarios periféricos, donde las reglas son más difusas y los costos humanos, muchas veces, más altos.
En este contexto, la llamada del presidente palestino Mahmoud Abbas a su par libanés, Joseph Aoun, adquiere un significado especial. No se trata solo de un gesto diplomático. Es, en el fondo, un respaldo explícito a la legitimidad del Estado libanés y a su derecho a resguardar su soberanía. En una región donde las lealtades suelen expresarse en clave militar, este tipo de señales políticas no son menores.
Sin embargo, la pregunta de fondo persiste: ¿es posible estabilizar Medio Oriente negociando solo con los Estados, cuando gran parte de la capacidad de fuego y de desestabilización reside en actores que operan fuera de ellos?
La experiencia reciente sugiere que no. Los conflictos contemporáneos ya no responden a lógicas tradicionales. Son redes complejas, donde lo estatal y lo no estatal se entrelazan, y donde las fronteras geográficas no necesariamente delimitan los campos de batalla.
Por eso, el actual momento no debe interpretarse como el inicio de la paz, sino como una fase de transición. Una etapa en la que se intenta contener el conflicto en su núcleo más visible, mientras persisten e incluso pueden intensificarse, sus expresiones indirectas.
Líbano, en este escenario, se convierte en una suerte de termómetro geopolítico. Si la violencia continúa en su territorio, quedará en evidencia que el acuerdo es parcial y que la estabilidad sigue siendo frágil. Si, en cambio, logra mantenerse al margen, podría abrirse una ventana, aún estrecha, para una desescalada más amplia.
Pero hoy, lamentablemente, los indicios apuntan en la dirección contraria.
Porque en Medio Oriente, cuando algunos actores comienzan a negociar, otros, muchas veces invisibles, continúan combatiendo. Y es en esos espacios olvidados donde las guerras, lejos de terminar, suelen reinventarse.


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