“Humanidad y bien común en tiempos de Inteligencia Artificial”
Eminentísimo señor Cardenal Fernando Chomali, Arzobispo de Santiago;
Excelentísimos señores Embajadores;
autoridades;
académicos e investigadores;
queridos estudiantes y colaboradores;
amigas y amigos de la Universidad del Alba:
Muy buenos días.
Es un verdadero honor recibir hoy en nuestra Universidad al Cardenal Fernando Chomali y hacerlo para reflexionar sobre una cuestión que, probablemente, definirá buena parte de nuestro futuro.
Permítanme comenzar con una pregunta:
¿Seremos capaces de construir una sociedad tecnológicamente más avanzada sin empobrecer nuestra concepción de lo que significa ser humano?
La pregunta no es nueva.
En 1891, cuando León XIII publicó Rerum Novarum, Europa vivía las profundas transformaciones provocadas por la Revolución Industrial.
La máquina había multiplicado las capacidades humanas. Había aumentado la producción, transformado el trabajo y generado una prosperidad hasta entonces desconocida.
Pero aquella misma revolución produjo también exclusión, desigualdad y nuevas formas de precariedad.
La Iglesia comprendió entonces algo fundamental: el progreso técnico no conduce necesariamente al progreso humano.
Así nació una nueva reflexión sobre la cuestión social, fundada en la dignidad de la persona, la solidaridad, la justicia y el bien común.
Ciento treinta y cinco años después, nos encontramos frente a otra revolución.
Ya no es la máquina de vapor.
Es el algoritmo.
Es la inteligencia artificial.
Y nuevamente la humanidad debe preguntarse no solamente qué somos capaces de hacer, sino qué debemos hacer con aquello que somos capaces de crear.
Porque una sociedad puede ser extraordinariamente eficiente y, al mismo tiempo, profundamente inhumana.
¿Qué significa ser humano?
Tal vez esta sea la pregunta anterior a todas las demás.
Desde Aristóteles, y posteriormente en la tradición de Santo Tomás de Aquino, la persona no puede comprenderse simplemente como una inteligencia que habita accidentalmente un cuerpo.
El ser humano constituye una unidad sustancial de cuerpo y alma.
Somos inteligencia, ciertamente.
Pero somos también conciencia, libertad, voluntad, afectividad, responsabilidad, memoria, fragilidad, apertura al otro y búsqueda de trascendencia.
Por eso, la inteligencia no agota lo humano.
Una máquina puede procesar millones de datos en segundos.
Puede aprender patrones.
Puede escribir.
Puede diagnosticar.
Puede incluso imitarnos de maneras que hasta hace muy poco parecían pertenecer a la ciencia ficción.
Pero no posee dignidad humana.
No experimenta compasión ante el sufrimiento del otro.
No conoce el peso moral de una decisión.
No experimenta esperanza.
Y, sobre todo, no ama.
Esta distinción me parece fundamental.
Porque el verdadero peligro de la inteligencia artificial quizá no sea que algún día las máquinas se parezcan demasiado a nosotros.
El peligro puede ser exactamente el contrario:
que nosotros terminemos comprendiendo al ser humano como si fuera solamente una máquina.
Reducir la persona a datos, rendimiento, productividad o capacidad cognitiva sería una de las formas más profundas de deshumanización.
Y es precisamente aquí donde la reflexión contemporánea de la Iglesia adquiere una enorme actualidad.
León XIV ha insistido en que el desarrollo de la inteligencia artificial debe preservar la primacía de la persona humana, de su conciencia y de su libertad.
No se trata, por tanto, de rechazar la tecnología.
Sería absurdo hacerlo.
Se trata de gobernarla.
De darle propósito.
De ponerla al servicio del desarrollo humano integral y del bien común.
Y aquí aparece una paradoja de nuestro tiempo.
Tenemos máquinas cada vez más inteligentes, pero ello no significa necesariamente que tengamos sociedades cada vez más sabias.
Amin Maalouf ha dedicado buena parte de sus últimos trabajos a describir una humanidad desorientada, fragmentada, enfrentada consigo misma, que ha alcanzado capacidades extraordinarias sin construir necesariamente una conciencia común equivalente.
Frente a ese diagnóstico, quisiera plantear una convicción:
de poco serviría alcanzar la edad adulta de la tecnología si permanecemos en la infancia de nuestra responsabilidad.
Necesitamos que el desarrollo de nuestra inteligencia técnica vaya acompañado de una verdadera maduración de nuestra inteligencia moral.
Porque la inteligencia artificial amplificará nuestras capacidades.
Pero corresponde a nosotros decidir para qué utilizaremos esas capacidades.
La nueva cuestión social
Por eso creo que podemos decir que la nueva cuestión social está entre nosotros.
En tiempos de Rerum Novarum, la pregunta era cómo colocar la industrialización al servicio de la persona y no convertir al trabajador en un instrumento de producción.
Hoy debemos preguntarnos cómo colocar la inteligencia artificial al servicio de la humanidad y evitar que la persona termine convertida simplemente en un dato, un perfil, un consumidor o una variable dentro de un algoritmo.
Y en esta reflexión los principios de la Doctrina Social de la Iglesia adquieren una sorprendente actualidad:
dignidad humana, bien común, solidaridad, subsidiariedad y destino universal de los bienes.
Son principios antiguos frente a problemas nuevos.
Y eso ocurre porque, aunque cambien nuestras herramientas, la pregunta fundamental sigue siendo la misma: qué lugar ocupa la persona humana en la sociedad que estamos construyendo.
Esta reflexión toca profundamente la identidad de nuestra Universidad.
En la Universidad del Alba hemos definido cuatro valores que no queremos que permanezcan escritos solamente en nuestros documentos institucionales:
humanidad, solidaridad, integridad e inclusión social.
Humanidad, porque ninguna innovación puede hacernos olvidar que cada persona posee un valor que no depende de su utilidad.
Solidaridad, porque un progreso que beneficia solamente a algunos no puede llamarse verdadero progreso.
Integridad, porque mientras mayor sea nuestro poder tecnológico, mayor deberá ser nuestra responsabilidad ética.
E inclusión social, porque debemos impedir que la inteligencia artificial abra una nueva brecha entre quienes pueden participar del futuro y quienes quedan marginados de él.
Aquí recuerdo a Khalil Gibran cuando, en El Profeta, escribió:
“El trabajo es el amor hecho visible”.
Quizá pocas frases sean tan necesarias en una época de automatización.
Podremos automatizar el trabajo.
Podremos automatizar procesos.
Podremos incluso automatizar una parte importante de nuestras decisiones.
Pero no podemos automatizar el amor.
No podemos automatizar la compasión.
No podemos automatizar nuestra responsabilidad frente al otro.
Porque allí donde desaparece el otro, desaparece también el bien común.
Eminentísimo señor Cardenal:
Quienes conocemos su trayectoria sabemos que estas cuestiones no constituyen para usted solamente un objeto de reflexión académica.
En su vida se han encontrado permanentemente la ciencia y la fe, la academia y el servicio, el pensamiento y la preocupación concreta por la dignidad de cada persona.
Por eso su presencia hoy entre nosotros tiene un significado especialmente profundo.
Recibimos al Arzobispo de Santiago y a un Cardenal de la Iglesia.
Recibimos al académico y al intelectual.
Pero recibimos también, y permítame decirlo con especial afecto, a Fernando Chomali, al hombre que ha hecho de la defensa de la dignidad humana una preocupación permanente de su vida.
Nuestra Universidad lo recibe con admiración, con respeto y con cariño.
Porque quizás frente a la revolución que estamos viviendo necesitemos precisamente eso: voces capaces de recordarnos que no todo aquello que puede ser calculado tiene valor, y no todo aquello que tiene valor puede ser calculado.
La inteligencia artificial podrá ayudarnos a construir un mundo extraordinario.
Pero somos nosotros quienes tendremos que decidir qué significa que ese mundo sea verdaderamente humano.
Para ello necesitaremos ciencia.
Necesitaremos tecnología.
Necesitaremos conocimiento.
Pero necesitaremos también conciencia.
Necesitaremos solidaridad.
Necesitaremos integridad.
Necesitaremos inclusión.
Y, sobre todo, necesitaremos humanidad.
Eminentísimo señor Cardenal Fernando Chomali:
bienvenido a la Universidad del Alba.
Esta es su casa.
Muchas gracias.


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