Por Rafael Rosell Aiquel
Presidente del Foro Académico Permanente América Latina y el Caribe-Unión Europea (FAP ALC-UE)
Rector de la Universidad del Alba
La actual competencia por la hegemonía tecnológica y geopolítica, enmarcada en una macro transición ecológica y digital, abre para América Latina y el Caribe una ventana de oportunidad histórica. A primera vista, la situación de nuestra región podría parecer paradójica: representamos apenas el 7% del PIB y del comercio mundial, enfrentamos rezagos tecnológicos estructurales y, con frecuencia, no actuamos como un bloque cohesionado en las grandes ligas donde se definen los temas estratégicos globales.
Sin embargo, como advierte el reciente informe de la CEPAL, Rupturas y oportunidades: propuestas para que América Latina y el Caribe prospere en la nueva era geopolítica (2026), la región concita hoy, más que nunca, el interés de grandes potencias como Estados Unidos, China, la India y la Unión Europea. La razón es clara: América Latina cuenta con los activos críticos indispensables para sostener la doble transición digital y ecológica, y posee la capacidad intrínseca de contribuir decisivamente a la reconfiguración del nuevo orden mundial.
El documento de la CEPAL identifica cinco categorías de activos estratégicos latinoamericanos para el presente y el futuro: recursos naturales abundantes; capacidades productivas humanas y financieras; la región misma como un activo demográfico y económico (población y PIB combinado); su influencia política derivada de una tradición de diplomacia multilateral y su condición de zona de paz; y, finalmente, su «poder blando», sustentado en su inmenso patrimonio, diversidad cultural y atractivo global. Cada una de estas dimensiones comprende un rico conjunto de bienes tangibles e intangibles que debemos movilizar con urgencia para situarnos de manera proactiva en el tablero global.
Ante este escenario, surge la gran interrogante: ¿Cómo podemos aprovechar esta ventana de oportunidad basados en nuestros activos críticos? La respuesta exige alcanzar consensos mínimos para actuar globalmente en conjunto. Debemos superar la fragmentación política mediante una visión estratégica y prospectiva de largo plazo, fortaleciendo la capacidad productiva, la innovación y nuestra inserción en la era digital a través de la integración económica por sectores estratégicos.
En esta perspectiva, las universidades emergen como un activo fundamental, el motor indispensable para articular respuestas y diseñar los escenarios que permitan el posicionamiento global de la región. Las instituciones de educación superior constituyen una masa crítica de inteligencia colectiva; son las generadoras del conocimiento a través de sus funciones ineludibles de docencia, investigación y vinculación con el medio. En la actual geopolítica del conocimiento, la comunidad académica —profesores, investigadores y estudiantes— está llamada a ejercer un rol de vanguardia, apoyando al poder político para capitalizar esta coyuntura. Esto implica no solo adaptar la oferta formativa a los requerimientos de la nueva era, sino también proveer ideas y propuestas sistemáticas que orienten las políticas públicas y la toma de decisiones.
Desde la visión del Foro Académico Permanente América Latina y el Caribe-Unión Europea (FAP ALC-UE) —que durante trece años ha impulsado incansablemente la creación de un Espacio Común Eurolatinoamericano de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación—, las posibilidades de nuestra región se potenciarían exponencialmente si logramos consolidar un Acuerdo de Integración Académica ALC-UE. Este acuerdo permitiría la libre circulación de estudiantes, académicos e investigadores, uniendo a la comunidad académica de ambas regiones en un espacio común. De este modo, se erigiría el pilar académico definitivo de la Asociación Estratégica Birregional, integrándose en una sinergia mutuamente enriquecedora con los poderes públicos y otros actores de la sociedad civil.
La fuerza de esta alianza es innegable. En conjunto, representamos a más de 52 millones de estudiantes, 8.700 universidades y 4,5 millones de profesores. Si logramos trabajar libremente y en red, constituiremos una formidable masa crítica dedicada a fortalecer nuestras capacidades y a construir escenarios de paz, desarrollo y cooperación. Una fuerza de esta magnitud no puede —ni debe— ser ignorada por los tomadores de decisión.
Este es, precisamente, el desafío que abordaremos en octubre durante la VII Cumbre Académica ALC-UE en Oporto, Portugal. Este encuentro congregará a cientos de rectores, decanos, directores, académicos y estudiantes de Europa y América Latina y el Caribe, bajo el alto patrocinio del Presidente de la República Portuguesa y de la Asamblea de la República del país anfitrión, así como de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), la Universidad para la Paz de Naciones Unidas, la Fundación EU-LAC y la Erasmus Student Network.
Nuestras conclusiones y propuestas no se quedarán en el ámbito estrictamente universitario; serán elevadas a las Jefas y Jefes de Estado y de Gobierno que se reunirán en noviembre en la XXX Cumbre Iberoamericana en Madrid, y marcarán la hoja de ruta hacia la V Cumbre CELAC-UE en 2027.
La integración académica no es solo una aspiración del mundo universitario; es un paso imprescindible y un imperativo estratégico para asegurar el lugar que nuestras naciones merecen en el futuro global.


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